En el Paraíso Terrenal, Adán paseaba con Dios en la brisa de la tarde (cfr. Gn 3, 8). Dice, a este respecto, San Irineo: “El Jardín del Edén era tan bello y agradable que con frecuencia Dios se presentaba en él personalmente, paseaba y conversaba con el hombre, prefigurando lo que sucedería en el futuro, o sea, que el Verbo de Dios habitaría junto al hombre y conversaría con él, enseñándole su justicia”. [26]
Pero si este pasaje bíblico predice el inefable relacionamiento que la segunda persona de la Santísima Trinidad tendría con los hombres durante 33 años en esta tierra, a través de su sagrada humanidad, ella evoca aún más la convivencia celestial en la felicidad eterna, cuando contemplemos cara a cara al mismo Dios, que el hombre apenas atisbaba en el Paraíso.






