[...] En una noche mística… ¡nace
el Salvador de la humanidad!
San Pablo subraya el papel de la gracia que Jesús ha traído:
«enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos,
llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha
que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo» (Tit 2, 12-13). En el original griego, el verbo enseñar posee una
connotación que va más allá del concepto de la mera transmisión de una
doctrina, e incluye también la noción de dar fuerza, de infundir la capacidad
de practicar lo que se aprendió, a la manera del águila cuando entrena a sus crías
para el vuelo. La enseñanza que da la gracia penetra con vigor en lo más
profundo del alma y, al hacernos amar lo que entendemos, nos vuelve aptos para
practicarlo. Por lo tanto, nuestra inteligencia no puede abarcar esa mudanza
que Jesús introdujo en la faz de la tierra. Necesitaríamos ojos divinos para
contemplar todo el proceso histórico después del pecado original, desde Adán y
Eva hasta el nacimiento del Redentor, y, a partir de aquí, la irradiación de la
gracia, enseñando e infundiendo fortaleza a las personas para cambiar de
mentalidad. No es diferente lo que el Apóstol resalta en el último versículo
presentado en la segunda lectura: «El cual se entregó por nosotros para
rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado
enteramente a las buenas obras» (Tit 2, 14).