¡Es la Pascua del Señor!
Después de cuarenta días de espera y penitencia, acompañamos de cerca los dolores inenarrables de Nuestro Señor Jesucristo en la Semana Santa. Y finalmente celebramos la Resurrección del Señor –misterio esencial de nuestra Redención-, cuyas alegrías y aleluyas se extenderán durante cincuenta días, recordando el tiempo que Jesús estuvo junto a los suyos en la Tierra, hasta subir a los cielos, y el período en el cual la Santísima Virgen y los apóstoles aguardaron la venida del Espíritu Santo. Y un tiempo de júbilo, que significa el paso de la vida anterior, marcada por la culpa original, para la vida nueva traída por Jesús, abriendo las puertas del Cielo, que estaban cerradas para la humanidad.
La alegría de la resurrección
final
Mientras tanto tengamos presente
que Nuestro Señor Jesucristo vendrá a juzgar los vivos y los muertos. Luego, a
la voz de comando de Él, en un solo instante, las almas encontrarán nuevamente
los cuerpos, asistidas por los Ángeles de la Guarda que se encargarán de
recoger las cenizas. [1] En tanto peregrinamos en este valle de lágrimas,
recordemos que hay apenas dos caminos al término de los cuales nos espera la
eternidad feliz en el Cielo o la sufriente e infeliz, en el infierno. ¡No hay
una tercera vía!
Después de nuestra resurrección,
cuando finalmente salgamos de ese “ovo”, la contemplación de Dios nos colmará
de tanta alegría y consuelo que no habrá más posibilidad del menor sufrimiento.
Será un gozo espiritual, ya que nuestros ojos carnales no fueron hechos para
ver a Dios. No obstante, es necesario que el cuerpo acompañe el alma en este
estado, dada la entrañable unión entre ambos. De este modo, él se tornará
espiritualizado y a tal punto el alma lo dominará que, por un simple deseo,
ésta elaborará las propias ropas sin necesidad de recurrir a ilustres sastres.
Por fuera aparecerán las maravillas colocadas en el interior por un don divino,
conforme afirma San Pablo, en la segunda lectura: “Cuando Cristo, vuestra vida,
aparezca en su triunfo, entonces vosotros apareceréis también con Él,
revestidos de gloria” (Col 3, 4). La resurrección producirá en cada
bienaventurado una tan grande transformación que no nos reconoceremos más.
Monseñor João S. Clá Dias, EP |
He aquí el futuro que nos
aguarda, tan superior a cualquier expectativa que no somos siquiera capaces de
imaginar cómo será. “Cosas que los ojos
no vieron, ni los oídos oyeron, ni el corazón humano imaginó, tales son los
bienes que Dios ha preparado para aquellos que lo aman” (I Cor 2, 9). Pidamos a
Cristo Jesús que nos conceda, en su infinita misericordia, la plenitud de la
vida sobrenatural conquistada por su Muerte y Resurrección.
[1] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO.
Suma Teológica. III, Suppi., q.77, a.4, ad 4.
Fuente: Monseñor João S. Clá
Dias, EP in “Lo inédito sobre los Evangelios” Volumen II, Librería Editrice
Vaticana.
Monseñor João S. Clá Dias, EP
es fundador de los Heraldos del Evangelio.
Se autoriza su publicación citando la fuente.
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