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jueves, 16 de abril de 2020

Comentario al Evangelio del Domingo II de Pascua (domingo 19 de abril) -Ciclo A-, por Mons. Joao S. Clá Dias, EP

[…] El testimonio de San Juan.

30 Jesús realizó otras muchas señales delante de los discípulos, que no están escritas en este libro. 31 Pero éstas fueron escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengan la vida en su nombre.

San Juan escribió su Evangelio, que es el último, al final del primer siglo, muchos años después de concluidos los otros tres. Diríase que no era necesario redactarlo, porque la historia de Jesús ya estaba contada en los sinópticos. Sin embargo, el Discípulo Amado tenía bajo su responsabilidad a las comunidades cristianas de Asia Menor, nacidas bajo el influjo del apostolado de San Pablo, y compuso el cuarto Evangelio con el objetivo de proteger a los fieles de las herejías que comenzaban a propagarse en aquella época, provocando confusión sobre Jesucristo.

Sobre todo, para combatir la doctrina gnóstica, que negaba la Encarnación del Verbo, como también la unión hipostática, y consideraba apenas la humanidad de Cristo.[7] San Juan quiso corregir esa visualización humana –la cual tantas veces se repitió a lo largo de la Historia-, dejando consignada una verdadera exposición doctrinaria sobre la divinidad de Jesús. Imposible sería narrar todo lo que el Divino Maestro hizo, pues la vida de Él fue una simbología permanente. Por esta razón, el Evangelista seleccionó los episodios más adecuados a la finalidad que tenía en vista, entre los cuales los dos encuentros de Jesús con los discípulos, mencionados en este Evangelio. En efecto, ellos nos hacen concluir fácilmente que Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo del Dios Vivo y que en Él debemos ver más el lado divino que el humano.


III – ¡Somos llamados a la bienaventuranza!

En función a Santo Tomás, el Salvador declaró que todos los que lo siguen, a partir de su Ascención a los Cielos, precisarían creer en la palabra de aquellos que Él escogió como sus testigos. Y hace más o menos dos mil años que la Iglesia vive de esta fe. Es lo que vemos en la escena descrita en la primera lectura (Hechos 2, 42, 47), extraída de los Hechos de los Apóstoles. La comunidad de los fieles nace pequeña, pero da origen a todas las otras comunidades, porque “eran perseverantes en oír la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hechos 2, 42). La Iglesia germina fundamentada en esa fe, la cual constituyó un valioso elemento para mover las almas a la conversión y debe existir entre nosotros. Si así fuese, el apostolado se hará por sí, y seremos meros instrumentos para la actuación del Espíritu Santo.

Tengamos siempre presente que, si no tuvimos la gracia de convivir con Nuestro Señor Jesucristo, ni ver y tocar sus divinas llagas, nos fue reservada, según la afirmación del Divino Maestro, una bienaventuranza mayor que la de ellos: creer en la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Se podrían aplicar a nosotros las palabras de San Pedro en la segunda lectura (I Pd 1, 3-9) de este domingo: “Sin haber visto el Señor, ustedes lo aman. Sin verlo, creen en Él. Esto será para ustedes fuente de alegría indecible y gloriosa, pues obtendrán aquello en que creen: su salvación” (I Pd 1, 8-9).

[7] Cf. LA POTTERIE, SJ, Ignace de. La verdad de Jesús. Madrid: BAC, 1979, p.283; JAUBERT, Annie. El Evangelio según San Juan. Estella: Verbo Divino, 1987, p.8.

(CLÁ DIAS, Mons. Joao Clá In: “Lo inédito sobre los Evangelios” Vol. I, Editrice Vaticana)