Páginas

jueves, 5 de noviembre de 2020

Comentario al Evangelio – XXXII Domingo del T.O. (domingo 8 de noviembre) por Monseñor João Clá Dias, EP


[…] El valor de la vigilancia

13 “Por lo tanto, quédense vigilando, pues no sabemos cuándo será el día, o la hora”.

Finalmente, Nuestro Señor concluye la parábola dejando claro que la dijo con el objetivo de incentivarnos a ser vigilantes. A sus discípulos, después de anunciarles los últimos acontecimientos y su venida gloriosa, Él advirtió: “Vigilen todo el tiempo y oren, para hacerse dignos de escapar de todos estos males que han de suceder, y presentarse de pie delante del Hijo del Hombre” (Lc 21, 36). Y poco antes de comenzar la Pasión, durante la agonía en el Huerto de los Olivos, les recomendó nuevamente: “Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt 26, 41).

¡Cuántas veces rezamos, y hasta mucho, para no caer en tentación! Sólo esto no basta, porque es preciso vigilar. Vigilar es tan importante como rezar, pues, al precavernos, huimos de las ocasiones próximas de pecado y, con esto, evitamos la posibilidad de una caída. Vigilar, entonces, significa tener los ojos bien abiertos para que los sentidos inferiores no nos arrastren para abajo, sino que nos ayuden a subir hasta Dios, admirando sus reflejos en la creación. La belleza de una rosa, una suave tela, un agradable perfume, una música armoniosa o hasta una buena comida, son elementos que pueden elevarnos el alma.

Aquí tenemos la inspiración evangélica para un buen examen de conciencia: ¿Cómo me comporto con este tema? ¿Mis cinco sentidos carnales dominan los sentidos espirituales? ¿Qué circunstancias me llevan al mal? ¿Aquella compañía que no es buena? Es necesario suspenderla. ¿Aquel programa de televisión inconveniente? No debo verlo. ¿Tal acceso a internet? La evitaré a toda costa. Si la vigilancia exige que yo me arranque un ojo o me corte una de las manos, de acuerdo lo dice simbólicamente Nuestro Señor (cf. Mt 5, 29-30), es indispensable hacerlo, porque es mejor entrar cojo al Cielo, manco o ciego, que conservar todos los miembros y ser lanzado al fuego eterno. (cf. Mt 18, 8-9)

Una profecía cierta: nuestra muerte

¡No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy, porque tal vez esta misma noche seamos juzgados! Profecía cierta y segura es esta: todos morimos. Día y hora, sin embargo nadie lo sabe, pues hasta un enfermo al borde de la muerte ignora el instante exacto en que ella sobrevendrá. ¿Quién se atreverá a garantizar que terminará de leer este artículo? Nuestro destino es la muerte, pero su perspectiva nos auxilia a abandonar los apegos y nos arranca del camino errado que tomamos. Entrar por las vías del vicio es una locura, porque nada hay en la faz de la tierra más contrario a Dios que el pecado, que nos expone a ser sorprendidos por el justo Juez en el momento menos esperado (cf. Mt 24, 44.50; Lc 12, 46), con las manos vacías y las lámparas apagadas. ¡Y Él dirá que no nos conoce!

Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo, por intercesión de la Santísima Virgen, la gracia de ser realmente vigilantes en nuestros pensamientos, deseos y acciones, procurando la santidad en todo. Así estaremos siempre con la lámpara provista de aceite… [2]

[2] Cf. TUYA, OP, Manuel de; SALGUERO, OP, José. Introducción a la Biblia. Ma­drid: BAC, 1967, volumen II, p.312-313.

(CLÁ DIAS EP, Monseñor João Scognamiglio In: “Lo Inédito sobre los Evangelios” Vol. I, Librería Editríce Vaticana).

Se autoriza su publicación citando la fuente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario